20 ago. 2010

142.- EPÍLOGO 2



            ¿Y qué pasó con Rocío? Algo muy sorprendente. Un día recibí un e-mail de ella, donde nos contaba que, cuando se le fue el efecto del calmante que Lucas le había hecho tomar, se sorprendió al encontrarse sola en una habitación con Gatillo Loco, quien estaba despierto pero hablando incoherencias, y no la conocía porque había perdido la memoria. Rocío lo acompañó hasta una clínica y se lo quedó cuidando. Al poco tiempo Gatillo Loco ya estaba bien físicamente, se enamoraron y ahora andan recorriendo el mundo, paseando y cogiendo. Había firmado el e-mail: “Rocío, la mujer más feliz del mundo”.

            Ese e-mail lo leímos en la India, donde Lázara y yo habíamos acompañado a Lucas en su búsqueda religiosa. Al leerlo nos tranquilizamos y decidimos volver a radicarnos de manera definitiva en Argentina, además de recobrar nuestras identidades. Encima en Argentina había habido una devaluación de tres a uno, así que ahora nuestros dólares valían mucho más.
Tiempo después Rocío apareció en nuestra casa acompañado con Gatillo Loco, que ahora tenía cara de bueno y un tatuaje con el símbolo de la paz. Lucas leyó enseguida en la mente de Rocío que todo lo que decía en el e-mail era verdad. Rocío pretendía que la ayudásemos a conseguir  una nueva identidad para Gatillo Loco y que averiguáramos que había sido de su esposa. Según Lucas, Rocío tenía terror de perder a Gatillo Loco.
Fuimos a visitarla y la mujer ya había presentado una hábeas corpus y se había quedado con la casa y algunas pequeñas cuentas bancarias. En cambio, la cuenta grande de las Islas Caimán se la quedaron Rocío y Gatillo Loco, quienes se fueron a vivir a Barcelona. Antes de irse, nos contó que el Gigante la hizo “la mujer más feliz del mundo”, que era “mil veces mejor sexualmente hablando que ustedes dos”, y que nunca le contó sobre lo que habíamos hecho y que esperaba que su vida siguiese siempre así. Y después dicen que el tamaño de la pija no tiene nada que ver.

Así que acá estamos, felices, yendo a ver a Boca todos los domingos, viendo a amigos y buscando la forma de cumplirle los deseos a la gente, ya que Lucas tiene la completa seguridad de que eso es lo único que nos puede hacer felices. Él ya dejó todas  las drogas y yo estoy en proceso (casi ni fumé mientras escribí este libro.)

            Así que si andás por la calle y te cruzás con nosotros, solo mirá a Lucas a los ojos y pensá en lo que deseas. Podés ser un chico de siete años que desea una bicicleta o una Play Station, o un hombre preocupado porque no tiene dinero para operar a su hija, o un gordo que se quiere suicidar porque su vida es horrible. Lo que deseés, si no le hace daño a nadie, será cumplido nada más que para generarnos satisfacción. Ahora somos adictos a esa sensación de placer que se genera por ayudar a la gente. Supongo que algún día avanzaremos más, evolucionaremos, aunque Krishnamurti dice que no hay evolución posible de ese modo. Y ayudar a la gente nos resulta tan placentero que estoy seguro que ya entendí para que Lucas tiene ese poder.

Fin.

Alejandro Rampazzi
21/05/2001 – 07/01/2005

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